Dacia nunca fue una provincia tranquila. Más allá de ella, al Norte y al Este, había otras hordas de tribus bárbaras, y Dacia no estaba protegida por barreras naturales de importancia. Por eso, estaba expuesta a perennes correrías. Durante el siglo y medio que formó parte del Imperio, probablemente costó a Roma más de lo que valía, aunque sirvió como tapón para las ricas provincias del Danubio meridional.
Extrañamente, las huellas de la ocupación romana son mucho más claras en Dacia que en tierras situadas al Sur que fueron romanas durante períodos muchos más largos, antes y después. Lo que antaño fue Dacia es hoy Rumania, o, más correctamente, Romania. Su mismo nombre recuerda a Roma, y los habitantes modernos afirman enfáticamente que son los descendientes de los viejos colonos romanos de tiempos de Trajano. Sin duda, la lengua rumana está estrechamente emparentada con el latín. Es clasificada como una lengua romance (junto con el francés, el italiano, el español y el portugués) y se ha mantenido a lo largo de los siglos, mientras un mar de lenguas eslavas descendió del Norte y pasó, bordeándola, al Sur.
Fuente: Asimov, Isaac. El Imperio Romano. El libro de Bolsillo de Alianza Editorial. Página 105.





